Carmen SalvadorTena,(Administradora)

jueves, 20 de febrero de 2014

LA CORONA DE ARAGÓN l

LA CORONA DE ARAGÓN
Entendemos por Corona de Aragón al conjunto de hombres y tierras -de extensión variable según las épocas- que estuvieron bajo la jurisdicción del monarca aragonés. Su origen está en los esponsales celebrados en Barbastro (agosto de 1137), entre Petronila, hija de Ramiro II, y Ramón Berenguer IV, conde de Barcelona. Desde entonces, y merced a su posterior unión matrimonial (Lérida, 1150), se perfila en los estados orientales peninsulares una unidad de dominio político que tan importante papel iba a tener en la Historia peninsular y en el contexto del mundo occidental: la Corona de Aragón, cuyo primer titular va a ser el primogénito de ambos cónyuges, Alfonso II (1162-1196), rey de Aragón y conde de Barcelona.
EL PACTISMO es el gran legado político que la  Corona de Aragón aporta a la Historia de España. Si la Grecia antigua es la cuna de la democracía y Roma de la República, la Corona de Aragón es la cuna del PACTISMO
 Cada uno de los variados territorios que conformarán la Corona, que en un momento determinado aglutinará a distintos reinos, ducados, marquesados, condados y señoríos, eran «estados» soberanos y tendrán, por tanto, una trayectoria política independiente (distinta moneda, cortes y gobiernos privativos, derecho peculiar, etc.), aunque permanecerán unidos dinásticamente en la figura del rey aragonés que, desde 1162, lo será también de la casa condal barcelonesa.

 La preeminencia protocolaria de Aragón, reino que dará nombre a la Corona, en modo alguno llevó aparejada la preeminencia política o económica, ejercida frecuentemente por otros estados de la propia Corona. Su existencia institucional durará, tras distintas vicisitudes, hasta comienzos del s. XVIII, aunque el cénit lo alcanzará en las centurias bajomedievales.

La Corona  de Aragón así configurada, que en lo fundamental unía a Aragón, Cataluña, Mallorca y Valencia, constituyó el modelo básico para la formulación de una forma estatal medieval, que basaba su esencia en conservar y enriquecer la identidad de cada una de las partes que la constituían, al tiempo que se protegía y fortalecía la unión en torno a la monarquía, que era en definitiva lo que les imprimía carácter y potencia.

La monarquía, cabeza y centro indiscutible del sistema, velaba por mantener el equilibrio del conjunto y de cada una de las piezas, lo que dio lugar durante los casi dos siglos que se mantuvo con pleno vigor a que, con cierta audacia y enormes muestras de sentido común y pragmatismo, se introdujeran novedades para mantener estable un sistema de gobierno compartido entre el rey y las fuerzas sociales, integradas por elementos de los grupos tradicionales de la nobleza y el clero junto con los representantes de la sociedad surgida del desarrollo urbano y las actividades mercantiles o artesanales.

Instituciones
 La paulatina construcción de un entramado  institucional se produjo a dos niveles:

- global de la Corona que favorecía la cohesión general en torno al monarca,

- particular para los territorios, desplegado de manera que giraba alrededor de las instituciones representativas (Cortes y Diputación) surgidas para dotar de personalidad y autonomía,
 A lo que hay que añadir el mantenimiento de códigos legales :
  Fueros de Aragón, 
“Usatges” en Cataluña,
 “Furs” en Valencia.
Lenguas ( latín catalán y aragonés), monedas, pesos y medidas propios
.fijación de fronteras económicas y territoriales en el interior y, en definitiva, el nacimiento de movimientos de tipo “nacional”, sin necesidad de romper la cohesión y unidad que definía la Corona

La gestión por tanto de este estado plural, no fue por tanto fácil, ni siempre pacífico, con grandes diferencias territoriales, económicas, culturales, sociales y religiosas ya no entre territorios sino dentro de cada uno de ellos. Los monarcas aragoneses no podían dictar leyes para TODOS sus territorios, sino que debían hacerlo para cada uno de ellos

La Corona de Aragón no sólo se sobrepuso a vecinos tan peligrosos como Castilla y Francia, sino que además se convirtió en uno de los actores más dinámicos (y persistentes) del Mediterráneo Occidental y, en cierto modo, acabó imponiendo en un primer momento sus propias directrices políticas a Castilla tras la unión dinástica.