Carmen SalvadorTena,(Administradora)

miércoles, 21 de mayo de 2014

Valoraciones del reinado de Jaime l
Cómo elementos negativos, es preciso advertir que el juicio histórico sobre Jaime I depende del reino en el que se centra el historiador. Para los historiadores aragoneses las conclusiones suelen ser negativas, aduciendo el carácter patrimonial que dio a sus reinos, sin importarle repartir sus dominios entre sus hijos. También es criticada la fijación de la frontera catalano-aragonesa en el Cinca, lo que supuso la adjudicación final de Lérida a Cataluña y la separación definitiva de Aragón y Cataluña en dos entidades con derecho y Cortes diferentes, tras llevar cien años unidos. La expansión territorial también es enjuiciada negativamente, puesto que con la conquista y creación de los reinos de Mallorca y Valencia, la Corona se convirtió definitivamente en una entidad de carácter confederal, con la monarquía como única institución común y sin ninguna aspiración común entre los diversos reinos.
Del otro lado, para mallorquines y valencianos, la valoración es completamente opuesta: Jaime I es un gran rey, el padre fundador de los reinos, el creador de sus señas de identidad hasta nuestros días: territorio, lengua, fueros, moneda, instituciones, etc.
El territorio de Aragón quedó fijado definitivamente desde comienzos del siglo XIV en cuanto a sus fronteras exteriores se refiere. Sobre una superficie de 42.000 km2 aproximadamente, las Cortes de Maella de 1404 estimaron la existencia de unos 47.683 fuegos u hogares, cifra rectificada poco después de las Cortes de Valderrobres de 1429, que rebajaron tal estimación, y contrastada, asimismo, tanto con la de las Cortes de Zaragoza en 1364 (34.200 casas) cuanto con la ofrecida por el único censo detallado conservado para finales del siglo XV (51.540 fuegos). En resumen, alrededor de 200.000 habitantes desigualmente repartidos sobre una serie de divisiones administrativas y bajo diversas jurisdicciones laicas y eclesiásticas, reales o señoriales.
Jaime II había incluido en el reino Ribagorza, la Litera (hasta la denominada «clamor de Almacellas»), Fraga y el señorío de Albarracín. Sobre dicha superficie geográfica, un sistema de ciudades, villas y comunidades relacionaba todas las posibilidades de desarrollo económico y social del territorio y posibilitaba su participación en las Cortes dentro del estamento de las «universidades» o tercer estado, que en Aragón constituía el cuarto brazo (siendo los otros tres el de los ricos-hombres, el de los caballeros y el de los eclesiásticos). Poblaciones y comunidades que formaban el realengo y a las que había que añadir las correspondientes al señorío laico y eclesiástico.
La mayor concentración humana se daba evidentemente en las ciudades (Zaragoza, Tarazona, Huesca, Jaca, Barbastro, Calatayud, Daroca, Teruel y Albarracín, más Borja desde el siglo XV), en las villas más importantes (Alcañiz, Montalbán, Tauste, Ejea, Sádaba, Uncastillo, Sos, Zuera, Almudévar, San Esteban de Litera, Tamarite, Monzón, Sariñena, Fraga, Aínsa, etc.) y en las comunidades ibéricas (de las aldeas de Calatayud, Daroca, Teruel y Albarracín). Dispersándose, en cambio, la población por el resto del país en el medio rural con una especial incidencia señorial en el somontano oscense, Ribagorza, valles del Jalón y Jiloca, bajo Ebro, etc. Dispersión que tenía, no obstante, como base del entramado que relacionaba a los aragoneses, tanto las entidades comarcales cuanto el sistema de mercados y ferias, y que soportaba a su vez la infraestructura administrativa de la consideración de bailías, marinados, sobrejunterías y otras circunscripciones menores.
Ya desde el siglo XIII Aragón comprendía cinco subdivisiones territoriales con cabeceras en Zaragoza, Huesca, Sobrarbe, Ejea y Tarazona, que, a modo de juntas estaban bajo el gobierno de un sobrejuntero, encargado de hacer cumplir la ley y perseguir al delincuente. Al margen quedaban las comunidades de aldeas mencionadas anteriormente, en torno a Calatayud, Daroca, Teruel y Albarracín.
En las Cortes de 1367, celebradas entre Zaragoza y Calatayud, se consideró que el territorio aragonés comprendía hasta quince subdivisiones de desigual extensión y contenido:
1. Partida y sobrejuntería de Jaca.
2. Partida de Aínsa y sobrejuntería del Sobrarbe y los Valles.
3. Partida de Ribagorza, con Barbastro, Fraga, tierras de los Moncadas y lugares del Alcanadre.
4. Partida y sobrejuntería de Huesca.
5 . Sobrejuntería de Ejea.
6. Zaragoza, Zuera y aldeas.
7. Tierras de los Fernández de Híjar y de los Alagón hasta el Ebro.
8. Montalbán y sus aldeas, la Foz y sus aldeas y tierras de Juan Ximénez.
9. Alcañiz y aldeas, Daroca y aldeas.
10. Teruel y sus aldeas, Albarracín y las suyas, Manzanera, Mora, Mosqueruela y Rubielos.
11. Calatayud y sus aldeas.
12. Ríos de Aranda y Jalón, entre Alagón, Pedrola, Luceni, Bardallur, Plasencia, Figueruelas, Cabañas, Almonacid y Pinseque.
13. Tarazona, Borja, Magallón y comarca, lugares del conde de Luna.
14. Bailía de Cantavieja, Castellote, Aliaga.
15. Tierras de la Orden de Calatrava, del arzobispo de Zaragoza, de la Orden de San Juan del Hospital.
 Por enciam de esta estructura intraterritorial existen los oficiales del gobierno y los oficiales de la justicia (gobernador, baile general o Justicia mayor, soportando mayor responsabilidad y atribuciones), coincidiendo en todos los casos el indigenismo en los oficios del gobierno y de la administración. Y más arriba todavía los organismos del poder central de la Corona que se integraban en el Consejo Real del monarca, que retuvo en una sola dinastía el poder supremo sobre los diferentes territorios de la Corona, de los que Aragón era cabeza nominal de la misma.